jueves, 7 de marzo de 2013

Sede Vacante (1)


Y cómo debe ser el Papa que viene? Sin duda es una pregunta que todos nos hemos hecho en éstos últimos días… Queridos hermanos y hermanas en el Señor, en primer lugar, gracias a los últimos Pontífices, queda clara una primera condición: ser él mismo. No podemos ni debemos estar pensando constantemente en las diferencias entre Juan Pablo II y Benedicto XVI; ninguno de los dos gobierna ya la Iglesia. Ellos forman ya parte del pasado -¡del tesoro!- de la Iglesia. El nuevo Papa tendrá unos buenos predecesores en qué fijarse, sí, pero debe ser él mismo, asistido por el Espíritu Santo y el Colegio de Cardenales. El nuevo Papa podrá recordar a un Juan XIII convocando el concilio y a un Pablo VI llevándolo a cabo; a un Juan Pablo I con su breve pero intensa y cálida sonrisa y desde luego podrá y deberá tomar referencias del magisterio en la línea del Concilio Vaticano II cuyo aniversario estamos celebrando en éste Año de la Fe. Por supuesto podrá mirar hacia el pontificado de Juan Pablo II, y Benedicto XVI pero siendo él mismo. El Papa polaco y el Papa alemán hablaron con insistencia de la Nueva Evangelización, incluso el último sínodo de los obispos trató sobre esta necesidad de la Iglesia. Por otro lado, renunciar al pontificado en medio del Año de la Fe resulta también una pista interesante ¿será una invitación a (re)descubrir la fe y profundizar en la idea de que en ella –en la fe- está el comienzo del amor verdadero? Hoy, a pocos días del comienzo del Cónclave, nos preguntamos ¿Cuáles deben ser las prioridades del nuevo pontificado? Eso lo decidirá el futuro Papa. Las ideas de los últimos dos pontífices pueden resumirse en siete palabras: razón, corazón, creación, (ad)oración, Jesucristo, Iglesia y belleza. En dos palabras: Nueva Evangelización. El nuevo Papa hará lo que considere oportuno en conciencia, pero qué duda cabe de que va a tener muy buenos ejemplos en los pontífices anteriores y que nosotros caminaremos en la dirección que él nos indique. Confiemos alegremente, sin suspicacias, en que el Espíritu Santo dará a la Iglesia un buen pastor, con un corazón a la medida del corazón de Cristo Buen Pastor, un hombre que guiará el rebaño hacia la casa del Padre. Invoquemos muchas veces el nombre de María, Reina y Madre de la Iglesia y que ella nos proteja a todos P. Agustín, párroco.  

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